Residentes: los médicos todoterreno

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Son 2439 profesionales jóvenes que trabajan en centros del gobierno porteño; quejas por la sobrecarga horaria y los sueldos

"Esta es una guardia tranquila", dice Eduardo Houghton, residente de segundo año de cirugía del hospital Rivadavia, a la 1, justo cuando la puerta se abre e ingresa un paciente derivado de otro establecimiento.

El y su compañero Mariano Garnero se hacen cargo del enfermo: lo revisan, le hacen una seguidilla de exámenes y llegan a la conclusión de que la cirugía, por una supuesta apendicitis, puede esperar. "En un rato le hacemos otros chequeos y vemos cómo evoluciona", explica Eduardo, un poco descorazonado porque no va a poder tirarse un rato a descansar.

Como ellos, hay otros 2439 residentes médicos que trabajan en los hospitales y centros asistenciales del gobierno porteño, y que hace tres semanas hicieron un paro en reclamo de mejoras en las condiciones laborales y de un aumento salarial.

Atienden en los consultorios, están a cargo de las salas de internación y también operan. Para muchos pacientes son la cara del hospital y no sospechan que son jóvenes recién graduados y sin experiencia que, por medio de un concurso público, acceden a un régimen de capacitación remunerado.

A pesar de que la noche es calma, Eduardo está cansado. Hace 17 horas que está en el hospital y le quedan otras 16 horas de servicio, ya que las 12 horas de descanso posguardia establecidas por la ley 601, según dicen, nunca se respetan.

La jornada de trabajo es de lunes a viernes, de 8 a 17, más 36 horas de guardia semanal como máximo, lo que representan unas siete por mes. A cambio, reciben entre 1100 y 1500 pesos en bruto, según datos de la Secretaría de Salud.A los residentes médicos, se suman 4000 concurrentes, que son profesionales que, en teoría, cumplen un horario part time y no cobran sueldo.

"Hago entre 10 y 12 guardias mensuales", cuenta Mariano, que vino de Goya, Corrientes, para cumplir con la residencia en Buenos Aires. Esta madrugada su pelea es contra el sueño. Hace unos meses lo castigaron con 24 horas de guardia -"una sanción poco frecuente", según dice-, justamente porque, dormido en una cama improvisada, no atendió una urgencia.

"Suplimos las deficiencias del sistema. Somos camilleros, administrativos, sacamos sangre... de todo", se queja Eduardo, mientras acompaña a una mujer al tercer piso para hacerle una ecografía. Sin embargo, admite que vale la pena el esfuerzo porque el régimen municipal de residencias "da prestigio".Prueba de ello es que en abril último 5768 personas rindieron el examen para cubrir 670 vacantes.

"Nuestro sistema es el más grande de todo el país y tiene un nivel de excelencia", afirma María Isabel Duré, directora de Desarrollo de Recursos Humanos de la Secretaría de Salud porteña.

La fórmula V-B

Son las 7.30 y Guillermo Helfer, jefe de residentes médicos de traumatología del Rivadavia, apenas puede abrir sus ojos durante el recorrido matutino por la sala de internación. Pasó 24 horas en ese lugar y todavía le quedan, por lo menos, otras nueve. Los residentes de primer año que lo acompañan le presentan el cuadro de cada paciente. "En este hospital tratamos de mantener la sala limpia", le reprocha, serio, Guillermo a un enfermo. "Así que sáquese la porquería que tiene puesta", bromeó, mientras señalaba el short de Boca que las sábanas blancas dejaban traslucir. Todos, incluso el hombre convaleciente, estallaron en risas.

Guillermo, que hizo cuatro años de residencia, ahora ocupa por un año el cargo de jefe de residentes, una especie de coordinador, al resultar elegido por sus compañeros.Hay una regla que este médico, de 33 años, de Luján, dice tener clara: "Acá funciona la fórmula V-B. El primer año es como Vietnam y los otros se van pareciendo más a Bahamas".

Con él coincide Hernán Costanzo, también jefe de residentes pero de cirugía. "Los de primer año vienen a las 6 y se van a las 17. Después se va aliviando un poco", cuenta, antes de entrar en el quirófano a realizar una operación de vesícula.

Fatiga y errores

Anabela Cecchi, residente de fonoaudiología, de 29 años, camina, apresurada, por los pasillos del hospital Argerich. Además de atender los consultorios externos, se encarga de las interconsultas y recorre las salas de internación, tarea que, según aclara, no les corresponde, pero que hace "por una cuestión ética".

Para ella no es fácil seguir ese ritmo diariamente. "Si preguntás, te vas a dar cuenta de que, al menos en nuestro servicio, los residentes tenemos gastritis, problemas de colon o se nos cae el pelo", comenta.

A las 13, en un corredor del servicio de clínica médica, algunos residentes tratan de calmar a una compañera que estuvo de guardia y que no pudo soportar la presión de estar lúcida y brindar una atención adecuada.

Rodrigo, un miembro de ese grupo, admite que no es fácil trabajar tantas horas seguidas. "En una guardia, a las 8, me pinché con una jeringa después de haberle sacado sangre a un enfermo de hepatitis C. Tuve que hacerme estudios durante meses", recuerda. El joven médico sostiene que además de la salud de los residentes, está en juego la de los pacientes.

En la revista The New England Journal of Medicine, el 17 de septiembre de 2002, se publicó un informe que sostenía que a pesar de que ningún estudio específico comprobó que la fatiga haya sido la causante de daño sobre un paciente, el 41 por ciento de los residentes estadounidenses asegura que cometió errores.

"¿Si los residentes somos el motor de los hospitales? No sé, pero fijate, ahora que ya cerró el «elefante» [como llama al edificio] los que quedamos somos casi todos residentes", cuenta Guillermo, a las 13, mientras camina por el patio del Rivadavia y sigue con la mirada cada uno de los pabellones. Con sus ojos achinados rodeados por ojeras pronunciadas, mira el reloj: hace 30 horas que está en el hospital y todavía le restan otras cuatro para irse a su casa.

Por Jesica Bossi
De la Redacción de LA NACION